
La histórica zona de la capital regional de Tarapacá se ha transformado en un nido de delincuencia que mantiene a sus vecinos atrapados en sus propias casas. En los denominados «barrios colombiano y boliviano», la venta de drogas a plena luz del día, los violentos asaltos y la ocupación territorial del comercio ambulante desbordan las calles, en un sector que, pese a contar con más de 500 cámaras de seguridad, parece haber sido abandonado a su suerte.
Iquique es conocido como uno de los destinos favoritos de los chilenos para disfrutar de sus playas y distracciones. Sin embargo, durante los últimos años, una oscura realidad se ha apoderado de las entrañas de su casco histórico, dejando a vecinos y locatarios cansados, atemorizados y en un profundo desamparo.
La zona, antaño un polo de encuentro familiar, hoy enfrenta una grave problemática: los denominados barrios «colombiano» y «boliviano» se han transformado en un nido de delincuencia. Según una reciente investigación en terreno realizada por un equipo del programa Mucho Gusto, el perímetro está completamente desbordado por violentos robos, asaltos a transeúntes y un incontrolable comercio ambulante.
Tráfico a plena luz del día y ferias fantasma
El abandono institucional es evidente a simple vista. En sectores críticos, como la intersección de Calle Thompson con esquina Amunátegui, existen ferias comerciales completamente abandonadas. Los locatarios deben pagar arriendos que superan los 300 mil pesos, pero los clientes han desaparecido producto de la delincuencia y la gran cantidad de sujetos que protagonizan el tráfico de drogas en las esquinas.
Desde las alturas, las cámaras lograron captar el impune modus operandi de los microtraficantes en el llamado barrio colombiano. El registro muestra secuencias donde se realizan transacciones de droga a vista y paciencia de transeúntes, incluyendo a madres que caminan con sus hijos por el medio del sector.
Los traficantes operan con una organización estructurada: mientras unos reciben el dinero, otros actúan de vigilantes y un tercero extrae la mercancía ilícita que mantienen escondida debajo del alero de locales comerciales cerrados. Luego, dividen las porciones en la misma vereda para entregarlas a los consumidores.
Vecinos atrapados y el deterioro del espacio público
El impacto en la calidad de vida de los residentes históricos es devastador. Los vecinos aseguran llevar más de 10 años conviviendo con este submundo, pero denuncian que durante el último año la situación ha aumentado considerablemente y ya no saben a quién recurrir.
«Nosotros estamos atrapados en las casas y por afuera anda toda la incivilidad», relata una vecina, explicando que el miedo ha obligado a cambiar las rutinas de todo el vecindario. Si antes salían temprano a comprar el pan o dejar a los niños al colegio, hoy deben esperar hasta las 10 u 11 de la mañana para salir de sus hogares, y se ven obligados a encerrarse a las 6 de la tarde para evitar encontrarse con borrachos, peleas y drogas.
Las incivilidades se han tomado las veredas. Los vecinos denuncian malas costumbres diarias como personas cortando el pelo a niños en plena calle, falta de higiene, sujetos comiendo y cocinando en la vía pública, y la sistemática destrucción del mobiliario urbano. A esto se suma el descarado consumo de estupefacientes: «Hace dos meses que yo veo a cada rato con esa típica pipa, un fierro que encienden (…) a vista de todo», comenta un testigo.
Nostalgia y Tristeza: El Lamento de las Autoridades
La degradación del casco histórico de Iquique ha generado reacciones no solo en los residentes, sino también en figuras políticas locales que observan con desazón el declive de la ciudad. El actual consejero regional, Octavio López, ha expresado públicamente su sentir al observar la situación de Iquique y el estado de algunas viviendas.
Con profundo pesar, López cuestionó las decisiones del pasado y el presente que llevaron a la situación actual. «¿Qué nos pasó? ¿Qué hicimos tan mal? Nuestro glorioso Iquique debió conservar su casco antiguo. Veo estas fotos o algunas casas y me abraza la tristeza», declaró el consejero regional. Estas palabras reflejan una añoranza por el «glorioso» pasado de la ciudad, contrastando dolorosamente con la realidad de abandono, inseguridad e incivilidades que hoy define a esta tradicional zona.
La noche en el casco histórico: Territorio prohibido, fiestas y homicidios
Al caer la noche, la situación en este perímetro empeora drásticamente. Calle Tarapacá se ha convertido en la frontera invisible que divide dos de las zonas rojas más peligrosas de Iquique: el barrio colombiano, caracterizado por la venta de drogas, y el barrio boliviano, marcado por el comercio ambulante desbordado.
En la oscuridad, el sector se vuelve intransitable para los ciudadanos comunes. Violentas peleas en plena calle, con golpes de puño y patadas, son pan de cada día. Durante las madrugadas en Calle Thompson y Sargento Aldea, los ocupantes instalan parlantes y se amanecen bebiendo y vendiendo drogas hasta las 5 o 7 de la mañana, para luego ser relevados por otros grupos.
El territorio está fuertemente disputado. Según los propios vecinos, se están generando disputas territoriales que ya han cobrado vidas: «Hace poquito más, menos de un mes, mataron a una persona (…) Hoy día ya hay homicidios», advierte un residente identificado como Rubén. El control de las bandas es tal, que incluso se advierte a los equipos de prensa que no pueden cruzar ciertas cuadras con cámaras, ya que son asaltados inmediatamente y despojados de sus pertenencias por estar en «territorio de los colombianos». Además, se reportan constantes asaltos a personas que salen de locales nocturnos, los cuales son interceptados para quitarles todas sus pertenencias.
La paradoja de las 500 cámaras
El casco histórico de Iquique destaca por contar con más de 500 cámaras de televigilancia instaladas, sin embargo, los vecinos no comprenden cómo las autoridades no logran resolver la delincuencia. Existe una profunda frustración ciudadana ante la falta de acción inmediata en el lugar de los hechos, cuestionando la coordinación entre la municipalidad, Carabineros y la PDI al momento en que se instalan los primeros carros ilegales.
Por su parte, desde las instituciones policiales explican que, si bien la experiencia indica que prevalecen delitos como el robo con intimidación, robo por sorpresa y microtráfico, los análisis posteriores a las denuncias ciudadanas han arrojado resultados positivos, logrando investigaciones con personas detenidas, puestas a disposición de los tribunales y droga incautada.
No obstante, para los residentes que miran desde sus ventanas, la ciudad que conocían ha desaparecido. Hoy, los barrios boliviano y colombiano son sinónimos de tráfico y comercio ambulante que mantienen tomada a una ciudad que intenta resistir, las 24 horas del día, a una delincuencia que parece no dar tregua.




