
En el marco del Día Nacional del Suplementero, el parlamentario ariqueño propuso medidas urgentes para proteger un oficio que se desvanece frente al avance digital. Mientras el gremio lucha por reinventarse, Arica grafica la debacle: de más de 120 trabajadores hace años, hoy solo subsisten una veintena de kioscos.
En un rincón de la memoria colectiva de cada barrio chileno, el kiosco de suplementos siempre tuvo un lugar privilegiado. No solo fue el punto de encuentro donde se informaba la ciudadanía, sino que se convirtió, con el paso de las décadas, en una suerte de «psicólogo de barrio», donde las noticias se mezclaban con las penas, alegrías y el devenir diario de las comunidades. Sin embargo, ese escenario hoy vive sus horas más bajas.
En la reciente conmemoración del Día Nacional del Suplementero, el diputado Jorge Díaz participó en la ceremonia del Sindicato de Trabajadores Independientes Suplementeros de Arica, instancia que, más que una celebración, se transformó en un grito de auxilio ante la crisis que atraviesa el sector.
El fin de una era: De la abundancia a la resistencia
La irrupción de la era digital y la drástica caída en el consumo de prensa escrita han golpeado con fuerza a quienes históricamente sostuvieron la información en las calles. Las cifras son elocuentes y preocupantes: Arica, que hace algunos años contaba con más de 120 suplementeros, hoy apenas mantiene 29 socios activos y cerca de 20 kioscos en funcionamiento. A nivel nacional, el fenómeno se repite, con un gremio que se redujo de cerca de 8 mil trabajadores a poco más de 2.500.
Ante este panorama, el diputado Díaz no solo entregó su respaldo político, sino que lanzó una propuesta concreta: solicitar que el oficio sea reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de Chile.
“Los suplementeros son parte de la historia viva de nuestras ciudades y barrios. No podemos permitir que su desaparición silenciosa arrastre consigo nuestra identidad urbana”, sentenció el parlamentario durante el encuentro.
La reinvención como única salida
La presidenta regional del gremio, Ana González Herrera, quien ha dedicado 42 años de su vida a este trabajo, relató con nostalgia cómo este oficio permitió durante décadas educar generaciones. Sin embargo, su visión sobre el presente es cruda: “La juventud ya no lee; todo está en el teléfono. Si no reinventamos el oficio, vamos a desaparecer”.
Pese a la adversidad, la esperanza no se agota. El presidente de la Confederación Nacional de Suplementeros, Larry Abarca Román, destacó que el gremio busca activamente nuevas formas de subsistencia. “Nos estamos reactivando. La gente sigue buscando revistas, miniaturas, sudokus y colecciones. Queremos mantener vivo el kiosco”, enfatizó Abarca, marcando la hoja de ruta para una transición hacia un modelo de negocio que combine la tradición con las nuevas demandas de consumo.
El kiosco: Mucho más que un punto de venta
Más allá de las cifras y el papel, el kiosco de suplementos siempre fue un tejido social. Como bien recordó González Herrera en la ceremonia, “el kiosco es psicólogo”, un espacio donde la conversación cotidiana ayudaba a sobrellevar el peso de la vida.
Proteger a los suplementeros, en palabras del diputado Díaz, es como “guardar una llave antigua de la ciudad”. Si bien esa llave puede que ya no abra las puertas de la inmediatez informativa como lo hacía antes, sigue siendo el instrumento esencial para acceder a nuestra memoria colectiva.
La iniciativa parlamentaria busca, en última instancia, que el Estado no solo observe la extinción de este oficio, sino que genere políticas públicas que permitan modernizar sus estructuras y valorizar su rol como gestores culturales en cada esquina de nuestro país.




