
El fenómeno que no se repetía con este vigor desde 2015 cubrió de verde la franja costera al sur de Iquique gracias a las recientes lluvias. La investigadora y activista Raquel Pinto advierte que la vegetación que hoy impacta a los visitantes es solo la punta del iceberg de un ecosistema en silenciosa extinción, amenazado por el avance minero, los basurales clandestinos y la falta de financiamiento regional para su conservación.
Las últimas lluvias costeras transformaron radicalmente el paisaje árido al sur de Iquique. El oasis de niebla Punta Gruesa, declarado Santuario de la Naturaleza a fines de octubre de 2023, presenta hoy un florecimiento que los expertos califican de histórico.
La botánica, investigadora y activista Raquel Pinto, quien ha dedicado décadas al estudio de la flora nativa en Tarapacá, reconoció que es la primera vez en sus años de investigación que ve este ecosistema tan reverdecido y vigoroso. Un evento de esta magnitud no se registraba en la zona desde el año 2015, marcando un hito que pocos habitantes de la región han tenido la oportunidad de atestiguar en su vida.
El viento del este y el «banco dormido» de semillas
La explosión de vida que hoy llega hasta la misma orilla del camino no es casualidad. Responde a una combinación precisa de factores meteorológicos: precipitaciones concentradas en los meses de invierno y intensas tormentas de viento desde el este que arrastraron las semillas hasta las grietas y huellas del terreno.
Pinto explica que la camanchaca o niebla gruesa no genera la planta por sí sola, sino que actúa como un escudo térmico e hídrico. La lluvia gatilla la germinación, mientras que la niebla posterior mantiene la humedad del suelo para que la flora complete su ciclo. Debajo de la arena desértica existe un banco de semillas y bulbos dormidos —las denominadas geófitas— que pueden permanecer invisibles durante años esperando el agua para brotar.
La paradoja del Santuario: Solo el 2% del ecosistema está protegido
Pese a la alegría que genera ver los cerros cubiertos de vegetación, la investigadora pone las cosas en perspectiva y lanza un duro llamado de atención. Las poco más de 29 hectáreas protegidas bajo la figura de Santuario de la Naturaleza en Punta Gruesa representan apenas el 2% de todo el ecosistema de niebla del sector.
En la Región de Tarapacá existen al menos seis oasis de niebla activos —entre ellos Junín en Huara, Punta Gruesa con Palo Buque, Punta Patache, Punta Lobos, Chipana y el Alto Loa— donde la cordillera de la Costa se adentra en el mar y atrapa la humedad del suroeste. Sin embargo, la gran mayoría de estas áreas carece de resguardo legal y enfrenta un proceso acelerado de degradación.
Un ecosistema en retroceso que sobrevivió a los guanacos
Para graficar el nivel de fragilidad de la flora local, Raquel Pinto remarca la diferencia entre el desierto florido de Atacama y el escenario de Tarapacá. Mientras en la Tercera Región existen mantos continuos de kilómetros con patas de guanaco y amancay, en Iquique hay que caminar hasta una hora para encontrar un ejemplar.
«Nos encontramos en un grado de retrogresión extremo, con ecosistemas relictos que se están extinguiendo», advierte la especialista. Antiguamente, la franja costera estaba surcada por senderos de guanacos que se alimentaban de tupidas lomas verdes, un paisaje que desapareció progresivamente con el cambio climático de los últimos milenios y la presión humana, dejando únicamente pequeños bolsones aislados de vegetación.
Microatrapanieblas para salvar al cactus gigante de Iquique
Dentro del Santuario de la Naturaleza se ejecuta un esfuerzo desesperado por salvar a la Eulychnia iquiquensis, un cactus columnar emblemático de la zona norte que se encuentra en peligro crítico de extinción. De Antofagasta al norte, la especie registra un 90% de mortalidad y no presenta reclutamientos naturales, es decir, no están naciendo ejemplares nuevos de forma silvestre.
Desde el año 2011, tras un proyecto del Fondo de Investigación del Bosque Nativo y con posterior apoyo de la minera Collahuasi, Pinto lidera un programa de reforestación que logró plantar cerca de 250 ejemplares en el santuario. Para garantizar su supervivencia en un entorno tan hostil, los cactus son asistidos por mini atrapanieblas, asegurando un riego natural cada vez que entra la camanchaca y permitiendo un éxito de prendimiento inédito en la botánica regional.
Tráfico internacional, tronaduras mineras y basurales: Las amenazas reales
El florecimiento de Palo Buque —el sector de más fácil acceso para los visitantes— contrasta con la falta de conciencia y fiscalización. La entrada a las planicies se ha convertido en un depósito constante de escombros y basura domiciliaria que el viento arrastra hacia la parte alta de las laderas, contaminando los manantiales y ahogando las diminutas plantas.
A la basura se suma el impacto de la minería en la franja costera. La investigadora reveló que interpuso recursos de protección y denuncias ante la Superintendencia del Medio Ambiente por tronaduras mineras sobre poblaciones de Eriosyce, un cactus globular diminuto que vive enterrado en el saulo. A esta destrucción física se añade el tráfico ilegal de cactáceas hacia mercados asiáticos y europeos, donde especies endémicas extraídas de Chile son vendidas como rarezas por miles de dólares.
Un llamado directo a las autoridades: Sin fondos ni fiscalización no hay futuro
La científica criticó la falta de visión de las autoridades locales y del Gobierno Regional respecto al financiamiento para la investigación científica. Reveló que tras eventos de precipitaciones anteriores, como el anuncio del «Niño Godzilla», presentó proyectos para monitorear la respuesta de la flora nativa, los cuales fueron rechazados por las líneas de financiamiento regional al no considerarse prioritarios.
Frente a la entrada en vigencia del nuevo Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP), el llamado de los especialistas es urgente: las autoridades, la Municipalidad de Iquique y los organismos ambientales deben pasar de las palabras a la acción. Se requiere fiscalización efectiva en el terreno, sanciones severas para quienes arrojen basura o ingresen en vehículos 4×4 a romper el suelo, y la delimitación de senderos obligatorios para que el turismo no termine por destruir el banco de semillas que tardó 11 años en volver a florecer.



