
Con solo un 11% de cobertura en vacunación contra la influenza y el COVID-19, la Región de Tarapacá se ubica bajo el promedio nacional (16%), mientras autoridades intensifican el despliegue territorial en Pica para revertir el rezago antes del invierno.
El sol cae implacable sobre la tierra oasis de Pica, pero la preocupación no se evapora con el calor. Adentro del CESFAM Dr. Juan Márquez Vismarra, el aire es distinto: huele a alcohol gel, a prisa contenida, a campaña que recién despega mientras el invierno ya asoma en el horizonte como una amenaza silenciosa.
Allí, entre adultos mayores que esperan su turno, lactantes en brazos y funcionarios de la salud moviéndose con precisión casi quirúrgica, se desplegó una escena que mezcla urgencia y advertencia. No fue una visita protocolar más. Fue, en términos simples, un llamado de emergencia.
La seremi subrogante de Salud, Dolores Romero, llegó junto al alcalde de la comuna, Iván Infante, para encender una alarma que, hasta ahora, parece no haber sido escuchada con suficiente fuerza: Tarapacá está vacunándose más lento que el resto del país.

Las cifras no mienten. Y, en este caso, inquietan.
Mientras el promedio nacional de vacunación contra la influenza alcanza el 16%, en Tarapacá la cobertura apenas llega a un 11%. Cinco puntos porcentuales de diferencia que, en epidemiología, pueden traducirse en cientos —o miles— de personas expuestas innecesariamente a complicaciones graves. El mismo patrón se repite con la vacuna contra el COVID-19: otro 11% regional frente a un 16% nacional.
sin embargo, hay un dato que golpea aún más fuerte: la protección de los más pequeños. La estrategia con Nirsevimab —el anticuerpo monoclonal diseñado para proteger a recién nacidos y lactantes contra el virus respiratorio sincicial— alcanza en la región solo un 21,3%. A nivel país, en cambio, la cobertura ya escala al 35,5%. La brecha es de más de 14 puntos porcentuales.
No es solo estadística. Es riesgo.
“Necesitamos que la gente acuda a vacunarse”, insistió Romero, con un tono que mezcla firmeza y preocupación. “No estamos alcanzando los niveles del país, y eso nos deja en una situación vulnerable justo antes del invierno”.
El mensaje no es nuevo, pero esta vez suena distinto. Más urgente. Más directo.

Porque la influenza —ese virus que muchos aún confunden con un simple resfrío— no perdona a los grupos de riesgo. Adultos mayores, enfermos crónicos, niños pequeños: todos están en la primera línea de impacto cuando las temperaturas bajan y los contagios se disparan.
El alcalde Infante lo sabe, y por eso su discurso apunta a lo práctico, a lo inmediato, a lo cotidiano: “Si tienen problemas de movilidad, si participan en clubes de adultos mayores, avisen. Los equipos pueden ir. La vacuna tiene que llegar a la gente, no al revés”.
La escena en el CESFAM lo refleja: enfermeras organizando rutas, funcionarios registrando datos, familias consultando dudas. Una maquinaria que ya está en marcha, pero que necesita algo clave para funcionar: decisión.
Porque la vacuna está. Los equipos están. La logística está.
Lo que falta —según reconocen las propias autoridades— es que la población responda.
Y el tiempo corre.
El invierno no espera. Tampoco los virus. En Tarapacá, la cuenta regresiva ya empezó, y por ahora, solo uno de cada diez ha decidido protegerse.
El resto sigue en riesgo.







