
Tras la detención del exmandatario venezolano Nicolás Maduro en Estados Unidos, la dirigente de la diáspora venezolana en Chile, Mariana Zalchendler, analiza el alcance histórico del hecho, advierte que el régimen aún mantiene poder interno y llama a no confundir justicia internacional con el fin inmediato del chavismo
La escena fue breve, pero demoledora. Un helicóptero descendiendo, cámaras encendidas, y un hombre que durante más de dos décadas concentró el poder absoluto en Venezuela bajando esposado, custodiado, rumbo a los tribunales de Nueva York. Para millones fue una noticia internacional. Para los venezolanos en el norte de Chile, fue el día que la historia empezó a girar.
Desde Iquique, la reacción no fue silencio. Fue misa, caravana, lágrimas, bocinazos y abrazos. Y, sobre todo, fue palabra. Una palabra firme, cargada de memoria y dolor, que encontró voz en Mariana Zalchendler, presidenta de la Comisión de la Diáspora Venezolana en Chile, en una entrevista exclusiva concedida a Vilas Radio.
“Venezuela vivió 26 años esperando este momento”
Zalchendler no habla desde la improvisación. Habla desde la experiencia, desde el trabajo territorial y desde un cargo que —remarca— ejerce ad honorem, como servidora de una comunidad dispersa entre Arica y Punta Arenas. Reside en Iquique, pero su agenda se mueve al ritmo de una diáspora que no ha dejado de organizarse.
Al ver la imagen de Nicolás Maduro esposado, su lectura fue categórica: no es un espectáculo, es justicia. Una justicia que, a su juicio, Venezuela no pudo obtener por sí sola debido al control del aparato estatal por redes criminales, grupos armados y estructuras de miedo.
“Esto no empezó con Maduro”, advierte. “Esto comenzó con Hugo Chávez, bajo un diseño político importado desde Cuba, y se fue profundizando hasta convertirse en un sistema de terror”.
Miedo cotidiano, represión y silencio obligado
Para Zalchendler, uno de los elementos más incomprendidos fuera de Venezuela es la vida diaria bajo el régimen. No habla solo de pobreza, sino de vigilancia, persecución y castigo ejemplar.
Describe un país donde expresar una opinión puede terminar en detención, desaparición o muerte; donde los llamados colectivos y círculos armados operan como fuerzas paralelas; donde revisar un celular puede convertirse en una sentencia.
“Hay venezolanos que hoy celebran por dentro, pero no pueden hacerlo afuera. No hay nada más cruel que tener ganas de gritar libertad y tener que callar”, señala.
El rol de Estados Unidos y el quiebre del silencio internacional
La dirigente es directa al analizar el escenario geopolítico. Considera que la acción judicial contra Maduro marca un punto de inflexión que otros organismos internacionales, como la Corte Penal Internacional, no fueron capaces de concretar.
A su juicio, el silencio de varios gobiernos latinoamericanos durante años no fue neutralidad, sino complicidad política. “No se puede hablar de derechos humanos de forma selectiva”, afirma.
En ese contexto, defiende sin ambigüedades el rol de Estados Unidos en el proceso: “Es preferible que un país democrático intervenga a que una nación quede en manos de una banda criminal. Eso no es ideología, es sentido común”.
Tarapacá: cifras, migración y una comunidad expectante
Según datos oficiales, más de 8 mil venezolanos residen en la región de Tarapacá, aunque estimaciones de organizaciones migratorias elevan la cifra a entre 11 y 12 mil personas, considerando ingresos no registrados.
A nivel nacional, la diáspora venezolana en Chile superaría las 780 mil personas. Muchas de ellas, dice Zalchendler, ya comienzan a pensar en el retorno, especialmente adultos mayores y familias separadas, aunque advierte que el proceso será gradual y por etapas.
“Esto no se arregla de un día para otro. Es una transición. Hay que vivir un día a la vez”, recalca.
Caravanas, misa y emoción colectiva
El fin de semana, la comunidad venezolana en Iquique realizó una misa de acción de gracias y una caravana de más de 500 vehículos, con apoyo y acompañamiento de Carabineros. Para Zalchendler, ese gesto fue profundamente simbólico.
“Nos emocionó ver a funcionarios celebrando con nosotros. Para ellos puede ser una noticia, para nosotros es historia viva”.
Lo que viene: justicia incompleta y calma necesaria
La captura de Maduro no significa el fin del conflicto. La dirigente recuerda que aún existen figuras clave del régimen que no han enfrentado a la justicia y que Venezuela sigue parcialmente bajo control de las mismas estructuras.
Por eso, el mensaje a la comunidad es claro: calma, serenidad y confianza. Desconfianza frente a la desinformación, prudencia ante los rumores y unidad en el proceso.
“Cada pequeño retroceso del autoritarismo es una victoria”, concluye. “Hoy Venezuela no está libre del todo, pero está más cerca de volver a ser un país donde la familia, la dignidad y la libertad no sean un delito”.
Y mientras el mundo observa la imagen del helicóptero una y otra vez, en Iquique, la diáspora venezolana empieza a escribir —con cautela, pero con esperanza— el primer párrafo de un regreso largamente postergado.







