
La acumulación de desechos sólidos en las tuberías genera en promedio dos intervenciones semanales para despejar colectores, un esfuerzo constante que busca impedir inundaciones de aguas servidas en la vía pública y proteger la infraestructura sanitaria de la ciudad.
Más de 30 toneladas de residuos son retiradas cada mes desde el sistema de alcantarillado de Iquique. Lo que desaparece por el lavaplatos o el inodoro no se esfuma: se acumula, se endurece, se adhiere a las tuberías… y termina convirtiéndose en una amenaza latente bajo los pies de toda la ciudad.
Mientras la rutina diaria avanza sobre el asfalto nortino, bajo tierra se libra una batalla constante. Equipos especializados deben intervenir en promedio dos veces por semana para realizar descargas de emergencia en la red de aguas servidas. Cada operación extrae cerca de 2 metros cúbicos de desechos, una cifra que, sumada mensualmente, alcanza entre 30 y 32 toneladas de basura que jamás debieron estar allí.
EL ENEMIGO INVISIBLE
El problema no es técnico: es conductual.
Trapos, toallas húmedas, pañales, mascarillas, restos de comida, aceites domésticos, plásticos y hasta ropa interior aparecen atrapados en los colectores. Ninguno de estos elementos se disuelve en el agua. Por el contrario, se adhieren a las paredes de las tuberías, reducen el flujo y forman verdaderos “tapones” subterráneos que pueden provocar rebalses en calles y viviendas.
Cuando el sistema colapsa, las consecuencias no son menores: inundaciones con aguas servidas, malos olores, riesgos sanitarios y daños estructurales que implican altos costos operativos y técnicos.
OPERATIVOS SEMANALES PARA EVITAR EL COLAPSO
La unidad de Gestión Autónoma de Aguas del Altiplano mantiene cuadrillas activas durante todo el año para prevenir emergencias mayores.
Cada descarga no solo implica remover toneladas de basura; también supone desgaste de maquinaria especializada, uso intensivo de camiones hidrojet y una planificación constante para evitar que un bloqueo termine afectando barrios completos.
“Lo que parece un residuo pequeño en una casa, multiplicado por miles de hogares, se transforma en toneladas que ponen en riesgo la infraestructura sanitaria de toda la ciudad”, advierten desde la unidad técnica.
CUANDO EL ALCANTARILLADO SE CONVIERTE EN BASURERO
Uno de los mayores problemas detectados es el vertido de aceite de cocina por el lavaplatos. Al enfriarse, la grasa se solidifica y se mezcla con otros residuos formando verdaderas masas compactas que obstruyen colectores.
También las toallas húmedas —incluso aquellas rotuladas como “desechables”— son altamente resistentes y no se degradan en el sistema.
El mensaje es categórico: el alcantarillado está diseñado solo para aguas servidas domésticas, no para basura.
IMPACTO AMBIENTAL Y COSTO PARA LA CIUDAD
Más allá de los riesgos inmediatos, la acumulación de residuos genera impactos ambientales indirectos. Rebalses pueden contaminar espacios públicos y afectar el entorno costero de Iquique, ciudad cuya identidad está profundamente ligada al mar.
Además, cada intervención de emergencia tiene un costo operativo que finalmente se traduce en presión para el sistema sanitario y la infraestructura urbana.
¿QUÉ HACER?: ALTERNATIVAS EXISTEN
Para evitar que los aceites lleguen a la red, la ciudad cuenta con un punto de reciclaje disponible para la comunidad en el Terminal Agropecuario. Los residuos sólidos deben depositarse en contenedores domiciliarios o sistemas formales de reciclaje.
La responsabilidad es compartida.
UNA ALERTA QUE NO PUEDE ESPERAR
Iquique no enfrenta una crisis visible, pero sí una amenaza constante bajo tierra. Cada tonelada extraída es evidencia de una práctica que debe cambiar.
El llamado es directo: usar correctamente el alcantarillado no es solo una norma técnica, es un acto de cuidado colectivo.
Porque cuando el sistema falla, no distingue barrios ni horarios. Y lo que hoy se arroja por descuido, mañana puede volver a la superficie convertido en emergencia.







