
Tras cuatro años marcados por un estallido social, una pandemia y un giro pragmático, el Presidente más joven en la historia de Chile entrega la banda presidencial a José Antonio Kast. Entre reformas previsionales y el fracaso de su ambición constitucional, el balance final revela a un líder que logró normalizar un país en crisis, pero que deja deudas pendientes en crecimiento económico y seguridad.
Este miércoles, Chile vive un hito histórico: Gabriel Boric, el rostro del recambio generacional de la izquierda, traspasa el mando a José Antonio Kast, representante de la ultraconservadora derecha chilena. Para Boric, el cierre de este capítulo no es solo un trámite, sino el fin de un mandato donde la realidad terminó imponiéndose sobre las ideas refundacionales que lo llevaron a La Moneda a los 35 años.
De la «Refundación» al pragmatismo
La llegada de Boric fue leída inicialmente como el fin del neoliberalismo. Sin embargo, su gestión será recordada por una capacidad de adaptación que pocos anticiparon. “Boric es un caso único y loable de alguien que madura en el poder”, señala el economista Andrés Velasco, destacando cómo el mandatario abandonó sus propuestas iniciales más radicales al chocar con las limitaciones institucionales y las urgencias ciudadanas.
Los hitos de su gestión:
- Reforma Previsional: Logró un acuerdo político histórico —calificado por expertos como su mayor logro— que aumenta el ahorro individual del 10% al 16% y reduce las comisiones de las AFP.
- Agenda Laboral y Social: La reducción de la jornada a 40 horas, el aumento del salario mínimo superior al 50% y la extensión de la gratuidad en salud pública marcaron un sello social que perdurará.
- Control Económico: A pesar de las críticas por el déficit fiscal estructural (-3,6% del PIB en 2025), el gobierno logró bajar la inflación desde el 14,1% inicial hasta un 2,4% anual.
- Diplomacia Democrática: Boric rompió con la izquierda tradicional regional al condenar de forma tajante los abusos de derechos humanos en Venezuela y Nicaragua, posicionándose como un referente democrático fuera de ideologías.
Las sombras y los desafíos pendientes
No todo fue consolidación. El fracaso de su propuesta constitucional en 2022 —rechazada por el 62% de la población— marcó el golpe más duro para el oficialismo. A ello se suma una economía que creció a tasas bajas (menos del 2% promedio anual) y un Congreso que bloqueó gran parte de su reforma tributaria.
En materia de seguridad pública, el escenario fue el más complejo de la década. Aunque la tasa de homicidios cayó por tercer año consecutivo (llegando a 5,4 por cada 100 mil habitantes en 2025), el temor ciudadano se mantuvo inusualmente alto.
“Su administración impulsó cambios institucionales clave, como el nuevo Ministerio de Seguridad y la fiscalía supraterritorial, pero la reforma profunda a Carabineros, que fue una promesa electoral, sigue siendo una deuda pendiente”, explica Daniel Johnson, director de Paz Ciudadana.
El balance de una transición
Boric deja el cargo con 40 años y una base de capital político que, según analistas como Claudia Heiss, lo mantendrá como un actor relevante en la política chilena. Su gobierno no fue el de las «grandes transformaciones» que prometió en campaña, pero sí el que logró estabilizar un país que caminaba sobre brasas tras el estallido de 2019.
“No fue el gobierno de las grandes transformaciones de la agenda con que llegó al poder, pero sí logró normalizar un país que estaba en una situación muy crítica”, concluye Heiss. Con la frente en alto y una trayectoria que ahora se encamina a una nueva etapa, Boric deja La Moneda habiendo aprendido que el pragmatismo, a veces, es la única herramienta posible para gobernar.







