
Entre el abandono institucional y la espiral del consumo de pasta base, la corta vida de Benjamín terminó en una tragedia que sacude al norte del país. Tras meses de alertas, denuncias por presunta desgracia y la falta de protección efectiva, su cuerpo fue hallado calcinado en el sector Las Llosyas, vinculado por las autoridades a un ajuste de cuentas del narcotráfico.
La historia de Benjamín es, ante todo, una cadena de oportunidades perdidas. A sus 14 años, este adolescente ariqueño no solo enfrentaba una feroz adicción, sino también la fragilidad de un sistema de protección que, según denuncia su madre, Jacqueline, nunca logró brindarle el refugio que necesitaba. Hoy, su familia llora una pérdida que, aseguran, pudo evitarse.
«Vivir a su manera»
La vida de Benjamín se alejó de la normalidad tras abandonar el sistema escolar en octavo básico. Lo que comenzó como un consumo experimental de marihuana en el colegio, derivó rápidamente en una dependencia severa a la pasta base. Su madre lo describe como un niño agrandado, con hiperactividad, que prefería la calle antes que la contención familiar.
“Se nos escapó de las manos. Nosotros nos desvivíamos buscándolo a las tres de la mañana, pero él quería vivir a su manera”, relata Jacqueline, quien asegura haber hecho hasta lo imposible por salvar a su hijo menor, mientras intentaba mantener una estructura en el hogar tras años de esfuerzo personal.
El laberinto institucional
La intervención del Tribunal de Familia desde abril de 2025 activó un protocolo de protección que, en la práctica, se convirtió en un círculo vicioso de internaciones psiquiátricas —176 días en total— sin una salida definitiva.
Mientras el Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia (Mejor Niñez) argumenta que sus programas no son residencias cerradas y que buscan «ambientes familiares», la realidad de Benjamín era otra: la calle. Jacqueline denuncia que la institución nunca logró concretar el ingreso seguro de su hijo a un centro, dejándolo expuesto a amenazas, violencia extrema —incluso recibió un disparo en un pie— y al peligro inminente de las bandas de narcotráfico que controlan el sector.
12 alertas y un final atroz
Desde abril del año pasado, Mejor Niñez emitió doce alertas ante diversos organismos por las constantes desapariciones del menor. A pesar de las denuncias por presunta desgracia interpuestas tanto por la familia como por el servicio, el rastro de Benjamín se perdió definitivamente la tercera semana de febrero.
El desenlace fue devastador. La búsqueda que su madre inició desesperadamente durante las madrugadas en los puntos de venta de droga terminó con el hallazgo del cuerpo calcinado del menor en el sector de Las Llosyas, en las afueras de Arica. Las primeras pericias vinculan el crimen a una ejecución relacionada con el narcotráfico, sector donde el joven se movía por su adicción.
La voz de la familia vs. la versión oficial
Existe una contradicción profunda en el caso: mientras el director nacional de Mejor Niñez, Claudio Castillo, sostiene que el adolescente alcanzó a estar tres días en una residencia antes de darse a la fuga, la madre es tajante: «Benjamín estaba en el sistema, pero nunca pisó una residencia. Yo lo entregaba y no lo iban a buscar. Y ahora me lo entregaron muerto».
La tragedia de Benjamín pone sobre la mesa una pregunta incómoda para el Estado: ¿Son suficientes las actuales medidas de protección para adolescentes que enfrentan adicciones y criminalidad? Para Jacqueline, la respuesta es el dolor de haber perdido a su hijo en un sistema que, lejos de protegerlo, lo dejó a merced de quienes finalmente le arrebataron la vida.







