
El proyecto de zanja fronteriza impulsado por el Gobierno para frenar el ingreso irregular avanza sin obras visibles pero con despliegue logístico en curso, mientras el alcalde de Colchane, Teófilo Mamani, asegura no haber recibido información oficial y cuestiona su impacto, pese a contradicciones en su propio discurso.
En el altiplano de Colchane, donde el viento levanta polvo y las decisiones suelen llegar tarde —o no llegar—, una obra que aún no comienza ya divide a la comuna. La anunciada construcción de una zanja fronteriza, impulsada como medida de control migratorio, se ha transformado en el nuevo eje de conflicto. Y en el centro de ese torbellino está el alcalde Teófilo Mamani.
El problema no es solo la zanja. Es lo que el alcalde dice —y lo que no cuadra.
“Lo estuvimos esperando acá en el municipio y nada, no ha ocurrido nada… todo mediante rumores”, declara Mamani, marcando una distancia total con un proyecto que, según versiones oficiales, ya está en fase de despliegue logístico.
La frase instala una señal inquietante: una obra de alto impacto territorial, que intervendría físicamente la frontera, avanzaría sin comunicación formal con la autoridad comunal.
UNA ZANJA QUE EXISTE SIN EXISTIR
No hay excavaciones. No hay trazado visible. No hay fecha pública de inicio.
Pero hay algo más potente: certeza política.
La zanja —que busca bloquear el ingreso por pasos no habilitados— ya fue anunciada, discutida y, según distintas fuentes, incluso coordinada a nivel central. Sin embargo, en el territorio donde se ejecutaría, la información no baja.
“Nos enteramos por redes sociales y por noticias… no nos han hecho saber nada en absoluto”, insiste el alcalde.
El contraste es brutal: planificación estatal en marcha, pero opacidad total en la primera línea.
LA DEFENSA DEL ALCALDE… Y SU PROPIA TRAMPA
Mamani intenta instalar un punto técnico: el impacto de la zanja en la ganadería.
“Si no está bien construida o no está protegida mediante un cierre perimetral o un muro… puede ser perjudicial para la comunidad”, advierte.
El argumento, en apariencia razonable, choca con su propio historial reciente. Porque esa preocupación —hoy central en su discurso— no siempre estuvo sobre la mesa.
Registros de sesiones municipales y testimonios locales lo sitúan en una posición distinta semanas atrás: la problemática del ganado, dijo entonces, era responsabilidad del Estado, no del municipio.
Hoy, en cambio, se transforma en la principal crítica a la zanja.
La pregunta es inevitable: ¿preocupación real o argumento reactivo?
LA CUÑA QUE GOLPEA
Desde la misma comunidad surgen cuestionamientos sin matices.
“No venga a decir ahora que está preocupado por el ganado… cuando antes dijo que no era su responsabilidad”, reprochan.
La crítica no es menor. Apunta directamente a la coherencia del alcalde en un tema sensible, donde pequeños productores han denunciado pérdidas constantes sin respuestas concretas.
En ese contexto, la zanja aparece no solo como una obra física, sino como un catalizador político: deja en evidencia lo que se dijo, lo que no se hizo y lo que ahora se intenta instalar.
DESCONEXIÓN TOTAL
El alcalde reconoce que espera una reunión con autoridades regionales para aclarar el panorama. Que hará consultas. Que necesita certezas.
Pero el punto crítico ya está instalado: ¿cómo una intervención fronteriza de esta magnitud avanza sin coordinación directa con el municipio?
“Voy a hacer las consultas pertinentes…”, señala.
La frase, más que tranquilizar, confirma el vacío.
UNA OBRA QUE YA GENERA EFECTOS
Aunque la zanja aún no se construye, ya produce consecuencias concretas:
- Tensión política entre nivel central y local
- Dudas sobre su diseño y ejecución
- Conflictos potenciales con actividades productivas
- Y, sobre todo, un desgaste en la credibilidad de las autoridades
Porque en Colchane, donde cada decisión tiene impacto inmediato, no hay espacio para improvisaciones.
EL FONDO DEL PROBLEMA
La zanja no es solo una excavación.
Es una línea física que pretende ordenar una frontera desbordada, pero también es una línea política que expone fracturas: falta de comunicación, discursos cambiantes y autoridades que parecen reaccionar más que anticiparse.
En ese escenario, el alcalde Teófilo Mamani queda en una posición incómoda: cuestiona una obra de la que dice no saber, advierte riesgos que antes relativizaba y enfrenta críticas por llegar tarde a un debate que ya lo alcanzó.
La zanja aún no existe.
Pero el conflicto que genera, ese sí, ya está completamente abierto.







