
La ONG Biotandina desarrolla un proyecto financiado por el Gobierno Regional de Tarapacá para proteger el Santuario de la Naturaleza de Punta Gruesa, donde se conservan especies como el cactus Eulychnia iquiquensis. La iniciativa incluye la instalación de atrapanieblas, señalización, senderos y actividades educativas para evitar daños al ecosistema y promover su conocimiento entre la comunidad.
En los bordes dramáticos del litoral tarapaqueño, donde el océano se estrella en furia contra los acantilados y el desierto suspira vapor salino hacia el cielo, se libra una batalla silenciosa. No hay armas, ni discursos, ni pancartas. Sólo cactus. Sólo niebla. Y una ONG local decidida a impedir que uno de los ecosistemas más frágiles del norte del país desaparezca sin que nadie lo note.
Así, entre el salitre que muerde la piel y el viento que silba en los farellones, nace la cruzada de Biotandina, una organización que se ha propuesto algo casi poético: cuidar un santuario que vive gracias a la neblina, en uno de los lugares más áridos del planeta. Un bosque fantasma, que no bebe lluvia, sino nubes.
Un paraíso escondido a 20 kilómetros del asfalto
Apenas veinte kilómetros al sur de Iquique, en lo alto del acantilado de Punta Gruesa, existe un santuario que muy pocos han visto. Un territorio de 29,4 hectáreas donde sobreviven —casi milagrosamente— las últimas colonias naturales del Eulychnia iquiquensis, el cactus columnar conocido como copao de Iquique, especie en Peligro de Extinción.
No aparece en postales de turismo ni en catálogos escolares. No tiene multitudes, ni estacionamientos, ni cafés con vista al mar. Es un relicto botánico al borde del abismo, sostenido por hilos de humedad que el viento arrastra desde el Pacífico.
La ONG Biotandina administra este lugar desde 2025, y hoy lo recorre como un guardián solitario que intenta cumplir dos misiones:
- proteger el ecosistema
- y, al mismo tiempo, revelarlo al público para que no sea destruido por ignorancia
Una paradoja ecológica: para salvarlo, hay que mostrarlo.

Atrapanieblas, senderos y guardianes del desierto
Gracias a un proyecto financiado por el Fondo Nacional de Desarrollo Regional 2025 —8% Medio Ambiente—, Biotandina ha comenzado a ejecutar un plan de conservación en el Santuario de la Naturaleza Ecosistema de Niebla Punta Gruesa.
No se trata sólo de exhibiciones científicas. Es trabajo manual, cotidiano, casi artesanal:
- instalación de atrapanieblas para extraer agua de las nubes
- demarcación del área para evitar el paso de deportistas y vehículos
- señalética educativa
- y, sobre todo, repoblamiento de cactus
En total, cerca de 300 ejemplares han sido reintroducidos desde 2011, bajo la guía de la experta en flora Raquel Pinto, quien ha convertido la niebla —ese elemento que parece intangible— en fuente real de vida.
Caminatas que revelan secretos
Hace sólo algunos días, la ONG organizó una visita guiada. No era turismo. Era revelación.
Académicos, deportistas, curiosos y vecinos caminaron el sendero recién habilitado. Algunos se detuvieron en silencio al ver los cactus erguidos como lanzas de piedra. Otros, al presenciar cómo la neblina condensaba en pequeñas gotas antes de caer sobre la arena.
Un ecosistema que se alimenta del cielo.
La amenaza del olvido
María José Harder, directora ejecutiva de Biotandina, lo explica con honestidad brutal:
“Si la gente no sabe que existe, lo perderemos.”
Los iquiqueños aún recuerdan cuando el cerro se volvió verde tras lluvias inusuales. Pero pocos saben que, sin esas precipitaciones, la flora local sigue respirando gracias a la neblina, en una sinfonía de supervivencia milenaria.
Este santuario no es un paisaje bonito.
Es un recordatorio de que la vida se aferra a donde nadie espera.

Un futuro incierto
Sin protección, sin educación y sin control, este oasis podría desaparecer:
- por tránsito irresponsable
- por expansión urbana
- o simplemente por olvido
Y perderlo sería enterrar siglos de adaptación evolutiva, borrar la memoria vegetal del desierto y apagar la niebla que da vida en silencio.
El desierto sigue respirando.
Pero no puede hacerlo solo.
Punta Gruesa no es sólo un santuario natural.
Es un testimonio de resistencia.
Es poesía ecológica.
Es urgencia.
Y gracias al trabajo de una ONG local, financiado por el Gobierno Regional, esta historia empieza —por fin— a contarse.
Antes de que sea demasiado tarde.






